Escribo de ti porque no me queda más en el laberinto de este violento viaje de nueve días.
Sin
embargo no quiero escribirte nada porque significa muerte y olvido,
como tatuarme la derrota de antemano, como dejar que esa ráfaga de
viento, de veras nos devore.
Quiero, al menos, algo real para
sentirme triste, conocer el sabor de una boca, el olor del sexo, cómo me
sostienen unas manos, tus manos por la cintura; saber al menos si te
ha pasado por la cabeza cogerme. A mi me pasa siempre, y me pasan
variantes de la misma fotografía, tiendo a refugiarme bajo el ala
protectora de mis pensamientos. Tiendo a que de verdad no me importe,
porque da igual si te imagino que si pasa.
Pero masturbarme es
una cosa diferente, no te involucra, quiero sentir que me sientes,
rodearme de tu aroma, ese que no sudas a diario, ese que dejamos caer
sobre la espalda, entre las piernas, a un lado de nosotros, entre
nosotros. siempre y cuando una horda de mosquitos no se infiltre en
esta otra batalla, en la que libramos por las noches, cuando no miran de
reojo, cuando no platican de nosotros.
y sin embargo nos
servimos de lo mismo, evadimos los demonios con ese agudo ojo del otro,
del que nos espía, ese que muere de ansias de sabernos, de estar seguro
de nosotros aunque le importe nada. Esa expectativa nos vuelve
intocables, impenetrables, bandidos o fantasmas de todas las fantasías
que nos rodean, como si alimentáramos nuestra propia lívido con las
conjeturas, seguramente falsas, de los que nos juzgan.
Dejemos
pues que la historia nos haga parte, aunque sea mentira, aunque jamás
estemos a tres dedos de nuestros labios, aunque jamás sintamos nuestro
sexo, aunque no me llames al oído, aunque te quemes de mi y yo de ti
siempre.
y aunque nos imaginemos lejanos y nómadas; aunque la
despedida sea fría y lejana como las deidades que solemos ser. Tu y yo
sabremos siempre que fuimos cobardes, que nos ganó la muerte y el
miedo, que no somos los héroes barrocos, que nada es cierto, que me
gustas y me cuesta decírtelo hasta cuando no te digo nada.