Quisiera que no te fueras,
que la imagen se quedara para siempre en el limbo de mi memoria,
para no extrañar tu olor o tu textura,
para pensarte
mientras te escucho decirme de ti,
de tus días,
de la inminente tormenta,
de las tazas o el café
que no hemos tomado juntos esta mañana calurosa con el sopor de este otoño que parece verano.
Ojalá nos quedáramos congelados
en el tiempo mirándonos los ojos,
sabiéndonos memorias,
trenes, puentes, aves;
cruzaría entonces el cielo
para acurrucarme a tu lado
mientras nos pensamos
con la respiración del sueño,
el olor a tierra húmeda,
el sonido de la lluvia entre las hojas,
el maullido de algún gato lejano.
Ojalá siempre fuera viernes,
para esperarte en la negrura de la noche,
para acomodarme en tu pecho,
para dormir contigo.
Ojalá los días de espera terminaran de una vez
y no necesite permiso para rondarte,
no me duela la ausencia,
te extrañe solo porque vuelves pronto,
saber que vuelves.
Mientras tanto la sombra de tu cuerpo y la felicidad clandestina de un día de permiso para ganar doce horas de tu aroma,
un café por la mañana,
un beso de tu boca.